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Foto de una madre jugando con un niño pequeños con una piscina pequeña de bolas

BOOM!!

Exploté. Llegó un punto en el que no podía más. Estaba frustrada con el sistema educativo, arrastraba agotamiento emocional, estrés acumulado y mal gestionado, cansancio físico…todo esto fue el combustible que no pude controlar y un día, una minúscula chispa hizo que todo saltase por los aires. Con la explosión abandoné, con gran pesar, mi vocación, el mundo de la diversidad funcional (*). 

Hoy sé que este abandono estuvo generado por la falta de herramientas de regulación emocional y fue rematado por la reactividad. No tenía los recursos para lidiar con mi realidad, y mi reacción fue la huida. Era profesora y tenía la opción huir, pero para las familias que son responsables de personas con necesidades especiales, no existe esa posibilidad, así que la frustración, las emociones difíciles, el estrés… pueden convertirse en una constante y las explosiones puede que se vayan sucediendo unas tras otras sin escapatoria posible…o puede que algún día lleguen a mi estado y BOOM!

Tras la explosión busqué maneras de manejar mi vida, mis emociones, mis pensamientos, mis miedos, mis frustraciones… con más habilidad, con más calma, con más aceptación, con menos sufrimiento. Así conocí el mindfulness y, aunque empecé con gran reticencia y escepticismo, me pareció de bastante sentido común, así que decidí darle una oportunidad. 

Nunca imaginé el impacto que esta práctica iba a tener en mi vida. 

El mindfulness no es algo milagroso, requiere intención, práctica y constancia, es una forma de vivir y de crecer, es un aprendizaje continuo, pero los beneficios merecen la pena. No me ilumino en la oscuridad como un “Gusiluz”, ni levito como Santa Teresa de Jesús, pero sí estoy más presente en mi vida, independientemente de las circunstancias y la adversidad. Estoy aprendiendo a no pelearme con las emociones difíciles como la tristeza o la frustración, entendiendo que son normales y necesarias. Practico la observación de mis pensamientos para que no me atrapen y me siento más capaz de traer consciencia, compasión y presencia a toda mi experiencia, incluyendo los eventos desagradables. 

Dejar de pelearme con lo inevitable, aceptar la falta de control sobre muchas cosas y entender que todas las experiencias cuentan y forman parte de mi vida, me ayuda a suavizar la fricción con la realidad. Me canso menos y sufro menos. La pelea desgasta energías que son necesarias para afrontar los retos. 

Con el mindfulness practicamos prestar atención a todo lo que nos ocurre, a cómo nos sentimos, a cómo reacciona nuestro cuerpo, con el mindfulness nos damos cuenta de que no somos nuestros pensamientos, emociones o sensaciones. Yo no soy el sentimiento de culpa por haber perdido la paciencia cuando mi alumno me escupe porque no conoce otra forma de comunicación, no soy el pensamiento de que “no soy lo suficientemente buena madre/profesor/abuelo”, no soy el agotamiento físico creado por atender las necesidades básicas de una persona con dificultades de movilidad. Nada de esto me define, son eventos transitorios que van y vienen, que son cambiantes y que no son mi esencia. Este entendimiento es liberador y clave para desarrollar la inteligencia emocional.

Ojalá hubiera tenido estas herramientas cuando trabajaba como profesora y consultora, mi trabajo habría sido mejor y mi vida habría sido mejor. Tuve que pasar por una explosión para darme cuenta de que el problema no era el entorno, ni las dificultades externas, el problema no era el sistema educativo, ni el profesor que no entiende las dificultades de un alumno, el problema estaba en cómo me estaba relacionando con esa realidad, esto es lo único sobre lo que tenemos realmente control: elegir nuestra respuesta, elegir cómo nos relacionamos con nuestra experiencia. 

Este conocimiento de mí misma, percepción y relación con la realidad me ha devuelto los motivos para hacer lo que me gusta, me ha recordado mi vocación, mi compromiso con la diversidad funcional, por eso he vuelto a este mundo que tanto me gusta y que tanto me enseña. 

Me pregunto, si me hubiera prestado atención antes…si hubiera buscado ayuda ¿habría podido evitarlo? Creo que sí, no hace falta llegar al extremo para escucharnos, para detectar señales de alarma.
Si es así... ¿Cuántas explosiones podrían evitarse?

 

(*)  Diversidad funcional es un término alternativo a discapacidad, cuyo significado se adecúa más a la realidad de las personas, todos somos únicos y diferentes, además, ayuda a eliminar el sentido peyorativo. Se viene utilizando para referirnos, como dice la Federación de Asociaciones de Personas con Discapacidad Física y Orgánica de la Comunidad de Madrid, a que cada miembro de la sociedad tiene unas determinadas capacidades, que deben ser gestionadas de modo que no se produzcan exclusiones o discriminaciones.

 

Verónica Martín
Consultora Especialista en 
Mindfulness y Diversidad Funcional.
Kensho Life
Mindfulness para todas las mentes.